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Psiquis, 1997, 18 (6): 229-231
El Trastorno por Mediocridad Inoperante Activa (síndrome
MIA)
J. L. González de Rivera y Revuelta
Catedrático de Psiquiatría. Instituto de Psicoterapia e
Investigación Psicosomática.
Avenida de Filipinas, 52 - 28003 Madrid.
http://www.psicoter.es/
Resumen
La 'presión por la excelencia', o tensión interna que fuerza
a la superación del estado actual, es un rasgo propio de la
condición humana, que se actualiza directamente mediante la
creatividad, o de manera indirecta, a través de los distintos
aspectos del interés, el aprecio o la aspiración hacia lo
excelente. Cuando esta “presión por la excelencia” supera
las posibilidades de expresión, pueden aparecer distintos
tipos de patología, de tipo neurótico, psicótico o adictivo.
En el polo opuesto, el defecto o inhibición de la presión
por la excelencia también origina patología de tipo caracteríal,
que hemos denominado “-trastornos de mediocridad".
El tipo 1 o forma simple es prácticamente asintomático, caracterizado
por hiperadaptación y falta de originalidad.
El tipo 2, forma inoperante o pseudo-creativa, añade rasgos
pasivo-agresivos y tendencias miméticas a reproducir las formas
externas de los procesos normales de actualización.
El tipo 3, o mediocridad inoperante activa (MIA),
es la forma más maligna, con exacerbación de las tendencias
repetitivas e imitativas, exagerada apropiación de los signos
externos de creatividad y excelencia, ansia de notoriedad
que puede llegar hasta la impostura, (pretender ser algo que
no es) y, sobre todo, intensa envidia hacia la excelencia
ajena, que procura destruir por todos los medios a su alcance.
Palabras clave: Trastorno de personalidad. Creatividad.
Envidia. Estrés laboral.
La psicometría tradicional persigue la determinación de
los valores medios de los diferentes rasgos de personalidad
y funciones mentales, con objeto de esclarecer las características
normales de la población general. Saliéndose de esta corriente,
Abraham Maslow, uno de los fundadores de la Psicología Humanista,
propuso estudiar la personalidad de individuos excepcionales,
convencido de que en ellos se presentan, de manera anticipada,
rasgos que serán generalizados en un futuro estadio evolutivo
de la humanidad.
En apoyo de su hipótesis, aporta Maslow dos tipos de observaciones:
La irrupción ocasional en ciertos individuos de episodios
intensos de inspiración creativa y alto rendimiento, que denominó
'experiencias punta' o “peak experiences” (1), y el deseo
de avanzar en el desarrollo y perfeccionamiento espiritual,
presente en la mayoría de seres humanos de manera más o menos
explicita, y que Maslow interpreta como una percepción intuitiva
del embrión de ese futuro estado evolutivo (2).
La aspiración por la excelencia puede ser considerada como
una cualidad humana normal, independientemente del grado en
que pueda llegar a ser actualizada por cada individuo concreto.
Como con todas las pulsiones, su frustración puede desembocar
en distintos tipos de psicopatología (3). Algunos de los trastornos
descritos en individuos con alta presión por la excelencia
han sido el 'mecanismo psicodinámico progresivo de la adicción'
(4), la 'psicosis creativa', un tipo de psicosis fásica afín
a las psicosis cicloides (5), y ciertas formas de neurosis
(3). Por otra parte, la ausencia total de todo tipo de interés,
aprecio o aspiración hacia lo excelente también puede dar
origen a cierto tipo de patología, que englobamos bajo el
término general de trastornos por mediocridad, y cuya descripción
preliminar es el objetivo de este trabajo.
El elemento común de los trastornos por mediocridad es el
defecto o inhibición de la disposición o actitud que hemos
denominado 'presión por la excelencia', y cuya presencia,
más o menos operativa, consideramos propia de la naturaleza
humana. Según las formas de asociación de este defecto con
otros síntomas, clasificamos los síndromes de mediocridad
en tres tipos principales:
Tipo 1: Forma simple. Constituye la manifestación más sencilla,
que no es grave, y puede fácilmente pasar desapercibida. La
mediocridad favorece la conformidad, y, en muchas culturas,
la conformidad asegura la felicidad. El mediocre simple, aunque
es incapaz de toda creatividad, puede seguir caminos ya bien
trazados, es un buen consumidor, se adapta bien al mundo materialista
en que vivimos, y, con un poco de entrenamiento, puede llegar
a reproducir en su conducta las formas externas de procesos
creativos de índole tanto artística como científica.
Tipo 2: Mediocridad inoperante, un poco más grave, en la
que se presentan ya algunas complicaciones susceptibles de
dificultar una buena adaptación. Mientras que el mediocre
simple sigue razonablemente las directrices predominantes,
sin esforzarse más allá de las mínimas exigencias externas,
en este segundo tipo se añaden elementos pasivo-agresivos
y una cierta tendencia a imitar los procesos de actualización
del sujeto normal. Como esta actualización o 'manifestación
de los constructos del mundo interno en la realidad externa'
(6) constituye la operación principal de la presión por la
excelencia, hemos denominado al mediocre tipo 2 'inoperante',
aunque también hubiera sido apropiado llamarle “pseudoperante”
o “pseudocreativo”. Al serle todo igual, y no distinguir lo
bello de lo feo, ni lo bueno de lo malo, el mediocre inoperante
no siente inclinación por propiciar progresos de ningún tipo,
y todo aquello en lo que interviene está condenado al estancamiento.
Como ocurre con muchos trastornos de la personalidad, son
las personas del entorno las que sufren, más que el propio
enfermo, que suele estar bastante satisfecho de su inoperancia
o pseudocreatividad. El mediocre inoperante produce y estimula
maniobras repetitivas e imitativas, es más proclive al consenso
que al descubrimiento, y prefiere lo trillado a lo innovador.
En la mayoría de los casos, esta patología no tiene grandes
repercusiones sociales, excepto cuando el mediocre inoperante
ocupa puestos clave o de cierta responsabilidad. En estos
casos, la orga-nización que lo padece empieza pronto a dar
muestras crecientes de parálisis funcional, generalmente acompañada
de una hiperfunción burocrática, con la que se intenta disimular
la falta de operatividad.
Tipo 3: Mediocridad Inoperante Activa, abreviadamente,
síndrome MIA. Es la variante realmente maligna, tanto
por sus efectos como por sus peligrosas tendencias destructivas
e invasivas. En primer lugar, el individuo afecto de MIA desarrolla
fácilmente una gran actividad, inoperante, por supuesto, acompañada
de un gran deseo de notoriedad y de control e influencia sobre
los demás, que puede revestir de tintes casi mesiánicos. Cuando
se desenvuelve en ambientes académicos, por otra parte muy
susceptibles a la infección por MIA, adopta poses de maestro
sin ningún mérito para ello, fenómeno muy bien descrito por
Oliva (7).
El MIA tiende a infiltrar organizaciones complejas, particularmente
aquéllas que ya están afectadas por algunas de las formas
menores del síndrome. Fácilmente puede llegar a encapsularse
en pequeños grupos o comités que no producen nada, pero que
se asignan funciones de 'seguimiento y control' que les permite
entorpecer o aniquilar el avance de individuos brillantes
y realmente creativos. El MIA que tiene algún poder en puestos
burocráticos tiende a generar grandes cantidades de trabajo
innecesario, que activamente impone a los demás, destruyendo
así su tiempo, o bien intenta introducir todo tipo de regulaciones
y obstáculos destinados a dificultar las actividades realmente
creativas. Por otra parte, el Mediocre Inoperante Activo
es particularmente proclive a la envidia, y sufre ante el
bien y el progreso ajenos. Mientras que las formas menores
presentan simplemente incapacidad para valorar la excelencia,
el MIA procura además destruirla por todos los medios a su
alcance, desarrollando sofisticados sistemas de persecución
y entorpecimiento. Nunca reconocerá, por ejemplo, los
méritos que un individuo brillante realmente reúne para lograr
un premio o posición, sino que atribuirá todo éxito ajeno
a relaciones con personas influyentes o injusticias del sistema.
De la misma manera, fácilmente callará cualquier información
que permita valoraciones positivas sobre otros, mientras que
amplificará y esparcirá todo rumor o dato equívoco que invite
a la desvaloración y desprestigio de esas mismas personas.
J. L. González de Rivera y Revuelta
Síndrome MIA
Bibliografía
1. MASLOW, A. H.: Religions, Values and Peak Experiences.
Ohio State University Press, Chicago, 1964.
2. MASLQW, A. H.: Towards a Psychology of Being. Litton,
New York, 1968.
3. JUNG, C. G.: Modem Man in Search of a Soul. Harper, New
York, 1933.
4. GONZALEZ DE RIVERA, J. L.: Psicopatología Psicodinámica
de la Drogodependencia. Psiquis, 1993; 14:61-70.
5. GONZALEZ DE RIVERA, J. L.: Creativity and Psychosis in
Scientific Research. American Joumal of Psychoanalysis, 1993,
53:77-84.
6. GONZALEZ DE RIVERA, J. L.: Creativídad y estados de conciencia.
Revista de Psicología General y Aplicada, 1978, 33.-415-426.
7. OLIVA, H.: Maestros y Dómines. lbáñez & Plaza, Madrid,
1997.
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